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  • Opinión | La caída de Maduro y el riesgo de un nuevo poder hegemónico

    Opinión | La caída de Maduro y el riesgo de un nuevo poder hegemónico

    Opinión | La caída de Maduro y el riesgo de un nuevo poder hegemónico

    El periodista paraguayo Andrés Alarcón, residente en Alemania, plantea un análisis que interpela tanto a la región como al propio funcionamiento de la democracia global, tras la incursión militar de los Estados Unidos en Venezuela y la caída del régimen de Nicolás Maduro.

    Porque —seamos honestos—, ¿cómo no sentir alivio cuando cae un líder que gobernó bajo prácticas autoritarias, persiguió opositores, restringió libertades y dejó a su país sumido en pobreza, violencia y un éxodo sin precedentes? El problema, advierte Alarcón, no es que Maduro haya salido del poder, sino quién lo sacó y con qué objetivo. Y la respuesta, según el propio Donald Trump, es cruda y directa: el petróleo.

    Aquí comienza la mayor preocupación.
    Alarcón sostiene que Trump representa una figura profundamente peligrosa para el orden democrático, porque admira abiertamente a líderes autoritarios, confronta a la prensa crítica, deslegitima opositores y alimenta el culto a su figura. Si en Estados Unidos las instituciones no fueran sólidas, afirma, Trump sería un dictador de manual.

    Además, el periodista observa que el expresidente norteamericano estaría negociando con sectores del chavismo —sin Maduro—, lo cual abre un interrogante inquietante:
    ¿el chavismo podría permanecer en el poder entregando el negocio petrolero?
    Si esto ocurriera, el cambio sería apenas cosmético. Un país agotado por el autoritarismo quedaría atrapado en una nueva estructura de poder económico, sin una verdadera transición democrática.

    Otro punto crítico es el silencio de Trump respecto al presidente electo venezolano, Edmundo Rolón, y sus declaraciones desacreditando a María Corina Machado, a quien considera incapaz de gobernar. Esto deja en evidencia que la democracia venezolana no es el centro del debate, sino la conveniencia geopolítica.

    Para América Latina, sostiene Alarcón, el escenario es alarmante. No solo por la injerencia abierta en asuntos internos de otros países —algo que ya se vio en las elecciones argentinas— sino por la amenaza directa a gobiernos que no se alineen con los intereses de Washington. Incluso menciona el caso de Colombia y la advertencia lanzada contra el presidente Gustavo Petro.

    Tampoco pasa desapercibida la doble vara en materia de narcotráfico. Hace pocas semanas, Trump indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos por narcotráfico y armas, bajo el argumento de persecución política. Un mensaje contradictorio si, al mismo tiempo, ese delito es utilizado como justificación para intervenciones militares.

    Alarcón advierte también sobre el impacto interno en Estados Unidos: Trump pasó por encima del Congreso para ordenar acciones militares, una señal inquietante para la institucionalidad norteamericana. Y a nivel internacional, recuerda que el debilitamiento del derecho internacional ya encontró un precedente en el conflicto de Medio Oriente.

    En síntesis, Maduro cayó, pero Trump capitalizó el legítimo rechazo al chavismo para expandir su poder global. Y la región queda expuesta a un escenario incierto, donde las reglas del juego democrático parecen quedar en segundo plano frente a intereses económicos y estrategias de dominación.

    En Paraguay, señala Alarcón, este contexto podría incluso favorecer al oficialismo, históricamente cómodo en una relación de alineamiento automático con Estados Unidos. Mientras tanto, Venezuela enfrenta otra etapa cargada de dudas, con un pueblo agotado que aún espera democracia real.

    El chavismo seguirá siendo causa de dolor en su país. Pero ahora surge una nueva pregunta:
    ¿quién ocupará el vacío de poder y bajo qué reglas?


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  • «Estrellas» del periodismo, de rodillas ante el presidente

    «Estrellas» del periodismo, de rodillas ante el presidente

    La reciente reunión del presidente Santiago Peña con un grupo selecto de periodistas dejó una sensación difícil de disimular: no fue una entrevista, fue una puesta en escena. Un encuentro diseñado para el lucimiento presidencial y para confirmar una relación desigual entre el poder y quienes deberían ejercer el rol incómodo de preguntar.

    El podcast presidencial llamado “Paraguay Adelante” terminó siendo una clase magistral unilateral, donde el mandatario habló sin mayores interrupciones, eligió qué responder y qué esquivar, y se permitió incluso dictar cátedra sobre cómo hacer periodismo. Desde ese pedestal, descalificó a los cronistas de calle —los “noteros”— por supuesta falta de preparación, mientras se comparaba con Donald Trump y elevaba a Horacio Cartes al rango simbólico de Winston Churchill. La grandilocuencia sustituyó al intercambio.

    Hubo temas sensibles tratados con liviandad. La reunión reservada con miembros de la Corte Suprema fue reducida a una “boludez”. Se habló de derecho a la información, pero acto seguido se negó la publicación de la lista de visitas fuera de horario a la oficina presidencial, amparándose en razones de “seguridad”. Transparencia en discurso, opacidad en los hechos.

    Del otro lado de la mesa, el desempeño periodístico fue, en el mejor de los casos, tibio. Predominaron silencios, concesiones y una evidente falta de repreguntas. Más que una entrevista, se vio una coreografía de egos y acomodos. Las posturas políticas de Camilo Soares aportaron algo de contraste; el resto osciló entre la complacencia y la ausencia. El silencio de Jorge Torrez cerró el cuadro.

    Lo ocurrido en el Podcast Presidencial no fortalece a la prensa ni ennoblece al poder. Confirma, más bien, una lógica preocupante: periodistas “elegidos” para escuchar y un presidente que confunde control con competencia, información con relato, crítica con deslealtad.

    Mientras tanto, los noteros —los mismos a los que se les niega altura— seguirán haciendo preguntas en la calle, sin pedestal, sin libreto y sin invitación. Ahí, precisamente, es donde todavía respira el periodismo.